martes, 1 de mayo de 2018

Oscuridad de Schrödinger


Hara volvía a ese macro refugio en la roca que no sabía ni como ni quién había hecho, acababa de entregar el mensaje, un mensaje que desconocía, e iba sumergida en sus pensamientos; al tiempo que se agachaba y avanzaba por la cuneta para no ser vista por los Liberadores en ese camino de retorno a ese sitio donde se protegían todos los del pueblo (se negaba a llamarlo casa). Estaba muy deprimida, no sabía en esta situación a donde le llevaría la vida (si es que esta era vida), había vivido muchos cambios de bando de gente en la que confiaba, demasiadas decepciones en muy poco tiempo, demasiado para una mente como la de Hara.

Los últimos años para Hara habían sido una auténtica montaña rusa, intentaba estar bien, intentaba no venirse abajo, pero siempre había algo en este mundo infernal en el que vivía que no le dejaba venirse arriba (ni salir de abajo) pero trataba de disimularlo (mal disimulado) por Vera. Vera estaba peor, la veía en el macro refugio a veces, pero últimamente Vera se encerraba en el ala de los receptores (que era donde estaba destinada, a diferencia de Hara, que estaba en la de los mensajeros) y en el último mes solo usaba el intercomunicador para contestar a Hara respuestas someras a sus preguntas, cuando no eran simples quejidos o monosílabos. Hara sabía que Vera estaba mal, y por eso lidiaba con infinidad de difíciles e incómodas situaciones ya que (seamos realistas); pese a su preocupación por Vera, el riesgo de escuchar el silbido entrecortado de una bomba stuka (menuda ironía retomar ese nombre) que los borraría de la faz de esta devastada tierra era lo que ocupaba el 90% del tiempo de Hara, de Vera y de los residentes en el macro refugio.

Y de camino a casa estaba Hara, ahora tirada en el barro de la cuneta, escuchando muy lejos como silbidos entrecortados sonaban. Esos silbidos solo podía significar una cosa, los Liberadores se habían ido a bombardear lejos del macro refugio, pero aún así tenía que andar con cuidado, las patrullas estaban en cualquier lado y encontrarse con una mensajera…solía implicar solo una cosa para la mensajera (y no era buena). En medio de la lluvia seguía avanzando Hara por esa cuneta enfangada y volvió a pensar en Vera; ella en un momento de ganas de hablar le había dicho lo cansada que estaba del ala de receptores, que pese a estar así ella no podía ayudarla ya que los mensajeros no entenderían lo que pasaba en esa ala, pero que no se preocupara, que ella sola saldría del problema mientras insistía en que ella (Hara) no podía ayudarla. Y pensando en porqué no podía ayudarla estaba Hara cuando escuchó un motor avanzar por la carretera en cuya cuneta ella estaba tirada, en pocos segundos el vehículo estaba ya a la altura de Hara y ésta miró hacia él aterrada, y la imagen no la aterró, pero sí le extrañó.

Desde el vehículo un hombre con el típico aspecto hippie sesentero californiano le miraba y la saludaba educadamente, pero sin transmitir precisamente confianza hacia Hara, y a su lado estaba Vera, que la miraba con una mezcla de indiferencia y normalidad. En los asientos delanteros había un hombre y una mujer con un aspecto similar al educado, pero de semblante falso, hombre que estaba junto a Vera.

-         Hola Vera – dijo Hara-. ¿qué haces aquí?, ¿qué ha pasado?

Sin dejar de mirarla Vera, que en su mirada no transmitía felicidad, sino más bien una forzada normalidad, le dijo:

-         Esta gente es la salida al problema que te conté. Lo siento, este infierno de mundo es duro y hace que cambiemos, no queda más que luchar por sobrevivir. Cuídate.

Tras lo cual  el coche arrancó mientras el hippie le mandaba un amable saludo con su mano a Hara.

Hara no lo entendía, Vera había ideado un plan de fuga y no le había dicho nada, no entendía su silencio cuando siempre trataba de estar pendiente de lo mal que estaba, no entendía encontrarse con esta situación de sopetón sin esperárselo, no entendía esa “política de hechos consumados”o, más bien, prefería no entenderla por miedo a la decepción definitiva. No lo entendía y, mientras pensaba en ello, notaba una extraña sensación en el pecho, era una mezcla de un latigazo y un calor repentino; “esto debe ser lo que llaman partir el corazón” pensó Hara.

Hara estaba demasiado ocupada en pensar en como era posible no haber sido avisada por Vera, y demasiado sorprendida y ocupada en llevar la mano a su pecho, esas dos cosas ocupaban en ese momento todos sus sentidos. Y tener esos sentidos ocupados hizo que no se percatara de dos cosas; en primer lugar del sonido de unas botas militares que pisaban el barro y que cada vez sonaban más cerca, en segundo lugar del chasquido metálico del momento de sacar el seguro de una pistola.

Ya a unos 500 metros estaba Vera, iba sentada en el coche del comando de fuga de los receptores, trataba de no pensar en nada pero no dejaba de pensar en mil cosas y en ninguna al mismo tiempo, seguía sin estar bien, y según el segundo pensaba que había actuado fatal o no. Sus compañeros de los asientos delanteros iban felices con la fuga, tanto que se estaban sacando fotos para las que Vera posó; posó preciosa como siempre, su pelo largo liso negro azabache y sus ojos verdes intensos hipnotizarían cualquier cámara, y sonrió para la foto…foto para la que salió objetivamente preciosa; pero ni sus ojos ni su sonrisa parecían sinceros, parecían muy forzados, irreales, impostados. Esos pensamientos hicieron que no se percatase del sonido de detonación de un disparo de una pistola que sonó a unos 500 metros en el momento de sonar el ruido del obturador de la cámara; y en esos mismos pensamientos seguía cuando, nuevamente sin ella percatarse, un silbido entrecortado se acercaba más y más a ellos.



domingo, 18 de marzo de 2018

Dépor, mi fiel amigo


Ya avisé cuando este chapucero blog despertó de su sueño motivado por ¡Dios sabe qué!. Lo dije, dije entre otras cosas que la situación del Dépor me da para múltiples artabréos, pero…pero no voy a hacer exactamente eso en un 100%, simplemente voy a abrirme un poco y contar como nos sentimos muchos de los que tenemos el corazón blanco y azul, muchos de los que somos de origen o sentimiento de esta esquinita del mapa dejada de la mano de Dios, y olvidada por extraños y (penosamente) por propios.

Soy de una generación afortunada, lo reconozco, vivimos en la era de la EGB, jugamos en parques no acolchados, teníamos y tenemos cicatrices en las rodillas, codos y resto del cuerpo por el hecho de jugar, fuimos la última generación que sabe lo que era jugar el fútbol en la calle (sí, por donde pasan los coches) y, en el caso de los de mi zona, somos la generación que vio aparecer un milagro, un milagro llamado Dépor.

A los de mi quinta el nacimiento de ese milagro nos pilló en plena adolescencia, y lo vivimos en el principio de nuestra veintena, y ahora debemos contarlo. Nos pilló en una época complicada, todos sabemos como son las adolescencias; puede ser que tengas una adolescencia feliz, que la tengas complicada, que la tengas muy complicada; puede ser que tu adolescencia sea una época de estar solo, que estés rodeado de gente pero que aún así te sientas solo, o que estés rodeado de gente pero seas un auténtico amasijo de inseguridades que te lleve a ser un imbécil integral, pero tenías un amigo que no te fallaba. Te sentías solo, te sentías sin encajar o simplemente te sentías pensativo y llegaba el fin de semana y…y te sentabas al lado de la radio, o enfrente al televisor y ponías el partido del Dépor y…y era un momento de renacimiento, un momento de evasión, un momento en el que notabas que formabas parte de algo (llámalo tribu, sentimiento, sociedad o grupo de enajenados futboleros, pero era algo), y además de un algo del que te sentías orgulloso.

Era la época en la que sabías que un mulato brasileño del medio del campo era el punto de referencia en el que podías confiar para que te representara, para que liderara a tu tribu; era la época en la que veías como un tío de Carreira demostraba una y otra vez que en esta esquinita sí que salían cosas buenas (no buenas, excepcionales); en la que veías como un brasileño enclenque era lo más fuerte que había; en la que veías como un brasileño con una incipiente panza demostraba que los gorditos también servían para dar clases magistrales; como un levantino peleón y un donostiarra sudoroso demostraban que la garra, el trabajo y el amor propio compensaban la falta de talento natural; en la que veías como un pequeño castellano podía volar más alto que un gigante alavés y ganar una copa del Rey; una época en la que un señor de Arteixo era tu filósofo de cabecera; unos años en los que te ofrecías a pagar por ver las negociaciones de un señor de Corcubión para traer a un jugador; y sobre todo, como todos los jugadores que pasaban por el Dépor transmitían que sí, no dejando de ser un futbolista enormemente bien pagado, formaban en mayor o menor medida parte de tu tribu, que en mayor o menor medida sí sentían esos colores y ese escudo, tus colores y tu escudo.

En esa época daba igual lo que pasase, veías como tu familia se esforzaba por comprarle ¡la camiseta oficial! al crió ya que era un “loco por el Dépor” y daba igual que fueses el crío solitario puteado, el crío que se pegaba a los demás para encajar, el presuntamente encajado pero que asumía su imbecilidad, daba igual quien fueses. Llegaba el fin de semana y te enfundabas tus colores, ibas con ellos con una mezcla de orgullo y rubor por la calle y cuando te encontrabas con otros en tu situación os mirabais como diciéndoos “somos la leche”. En ese tiempo daba igual lo mal o bien que estuvieses, el Dépor, tu fiel amigo, te ofrecía su mano, te decía “ven, yo estoy aquí” y te alegraba el día, la semana, el mes. Era la época en la que los críos, y no tan críos, deportivistas llegaban el lunes a clase, a la facultad, o al trabajo y presumían de sus colores, ya que sabían que podíamos perder o ganar, pero plantábamos cara a cualquiera y sabíamos que caeríamos de pie o ganaríamos, no había otra opción.

Y esos críos crecimos, y dejamos de ser críos pero seguimos siendo en el fondo los mismos que éramos antes, y …y ese Dépor, nuestro fiel amigo, siguió ahí unos años más, dándonos alegrías, incluso provocó nuestros primeros viajes con amigos (dentro o fuera de España), o que en nuestros primeros viajes al extranjero dijésemos que éramos de Coruña y recibíamos una respuesta típica en el acento local de donde íbamos: “¡Oh!, Deportivo La Coruña!”, y en ese momento volvíamos a ser el crío que iba por la calle orgulloso y ruborizado.

Ya vemos como era ese amigo, no solo no te fallaba, no solo te acercó su mano cuando estabas solo, no solo te sirvió para disfrutar con tus amigos y con tu familia, sino que por el mundo adelante te hacía sentir orgulloso. Esa es la suerte que ha tenido mi generación, ha conocido ese amigo que te ayudó, ese amigo incorpóreo, con tintes de ser un sentimiento tribal…pero que era tu fiel amigo.

Y los años pasaron, y las crisis socioeconómicas (¡qué os voy a contar!) y nuestro amigo las sufrió y las sufre. Y el ecosistema de nuestro amigo cambió, los jugadores de los que antes hable ya no te transmitían o te trasmiten lo mismo que los de antes, dan la sensación de ser un usar y tirar recíproco con tu fiel amigo, él los usará y tirará…si ellos no lo hacen antes…pero tu estás ahí.

Tu estás ahí ya que ves como está tu fiel amigo, ves que no es la sombra de lo que fue, ves que se ha tratado de adaptar a su ecosistema y que pelea como un loco por ello, y entonces recuerdas todo lo anterior. Recuerdas como oías con tu madre o con tu padre los viejos partidos en el mítico transistor “Internacional” o lo veías en la mítica tele “con culo” de más de 10 años de antigüedad (milagro en los tiempos actuales). Recuerdas como estabas solo pero el Dépor te animaba, recuerdas esos lunes de colegio, facultad o trabajo en los que ibas sonriendo. Recuerdas esos primeros viajes en los que el Dépor siempre jugaba o primordial o supercolateralmente un papel. Y recuerdas tantas alegrías que te da igual lo que ves.

Te enfadas con jugadores, con direcciones técnicas, con entrenadores, con directivas, con políticos; te tomas a risa a tu equipo, juras en idiomas desconocidos cosas horribles, te acuerdas de ascendientes y descendientes de jugadores y en ellos mismos, te expresas como un garrulo pero…pero pasa ese momento y al segundo estás ahí, en tu asiento del campo, o delante de tu televisión o de donde sea animando al Dépor sabiendo que a ojos de muchos (y del sentido común) estás haciendo el imbécil pero, pero es una cuestión de sentimiento.

Él es tu fiel amigo, está (como dirían en mi podcast deportivista favorito) “en la mierda”, pero tu estás ahí porque un día te ofreció su mano cuando tu creías estar en la mierda y ahora te toca a ti.

Así que sí Dépor, mi fiel amigo, aquí me tienes. Sé lo que va a pasar, pero vamos a darnos el sopapo juntos.

¡Forza Dépor!



(Y a los que no lo entendáis, como siempre, ¡salud!)

martes, 13 de marzo de 2018

Pena: De brujas y cabrones

En algún momento de mi vida escuché, o malinterpreté a mi manera, una frase referida a la vida (valga la redundancia): “La vida es un mar de lágrimas con ridículos momentos de felicidad”. Quizá no era exactamente así, pero así lo entendí. Siempre fui de la sensación de que, pese a lo que se pueda pensar de mí, no soy un sujeto pesimista, sino que soy lo que llaman un “optimista bien informado”, es decir; no es que espere demasiado de mis semejantes (y si ya espero eso a mis años…mejor no digo como seré cuando llegue a la que ahora es edad de jubilación, recalco: ahora).

Desde mi punto de vista hemos venido a esta vida a encontrarnos con un montón de brujas y de cabrones (o machos cabríos, discúlpenme los amantes del lenguaje políticamente correcto, pero no sé el equivalente de brujas en dicho idioma, me sale solo “hechiceras del lado oscuro”, pero no sé si ese punto de frikismo es políticamente correcto); y que con esas dos clases de seres miembros de la ciudadanía hemos de lidiar. La cuestión es que normalmente esos cabrones y esas brujas simplemente te utilizan, te manipulan, te engañan, te mienten (o peor, te cuentan medias verdades), te dejan tirado, se aprovechan de ti y, bueno, te hacen cosas que en general encajan en todo lo antes dicho; pero en ciertas ocasiones pasa lo que estamos viviendo estos días en España, el caso del pobre niño Gabriel.

Esta criatura se encontró con su bruja particular, que deja a los cabrones y brujas de los demás en meras brisas de aire, se encontró con un ser incalificable, un ser que no solo hizo todo lo antes dije, sino que demostró dotes de sangre fría con los pobres padres y familiares dignas de provocar el vómito a cualquier persona con un mínimo de alma. Se encontró con que su bruja particular lo asesinó, lo cual es algo que no puede entrar ni en mis esquemas mentales, ni morales, ni en los de ninguna persona que tenga un mínimo de alma y humanidad. A cada noticia que sale sobre el tema es más estremecedor, más terrible, más incomprensible, más asqueroso, más incalificable (e irónicamente más adjetivable). No sé qué decir, evidentemente transmito mi apoyo a los padres del crio, apoyo que no vale absolutamente nada, ya que no tengo ni un atisbo de intuición de lo que puede significar a nivel de sufrimiento lo que están sufriendo esas dos personas. Solo sé que a la causante le deseo que la podredumbre que tiene su alma se extienda a todo su ser, nada más y nada menos. Y ya prefiero no entrar a comentar lo que el “mundo de redes sociales” patrio discutió estos días, algunas opiniones fueron tan repugnantes que no merecen ni el respeto ni el comentario.

Solo desear que Gabriel descanse en paz, y que los padres puedan no ya superar, sino sobre llevar lo que por culpa de, en este caso, esa bruja que ha hecho lo incalificable e incomprensible.

Tras esto los demás solo podemos pensar dos cosas sobre nuestras brujas y nuestros cabrones particulares; por un lado que con nuestras heridas, puñaladas y amputaciones figuradas saldremos adelante, si Cervantes (conocido como “El Manco de Lepanto”) fue quien de escribir EL Quijote y Blas de Lezo (conocido como “El Mediohombre” por las extremidades perdidas) fue quien de hacer lo que hizo en Cartagena de Indias, ¿qué no podremos hacer nosotros que solo hemos sido apuñalados y heridos por nuestros cabrones y brujas?; y por otro lado que pensemos una cosa que encaja poco en nuestro pensamiento culturalmente católico…el karma se lo hará pagar.

Así que lo dicho, en la situación actual pensemos en la desgracia de esos padres, de ese niño y la barbaridad que han sufrido. En esta situación transmitamos apoyo, saquemos lo bonito de la solidaridad de todos y nada más (y nada menos)

¡Salud!

Y Descansa En Paz.


viernes, 2 de marzo de 2018

Cambios de opinión


Escuchaba el otro día en la radio a un famosete, realmente ahora no recuerdo su nombre, y hacía un comentario en referencia a sus redes sociales. Este caballero, desconozco si tiene caballos pero así me referiré a él, comentaba una crítica que el “tuitero tipo” le había hecho (curioso, un tuitero criticando) porque este famosete había borrado un twitt en el que afirmaba que la progenitora de un crítico con él se dedicaba a la presunta profesión más antigua del mundo, y claro, para el “tuitero tipo” era una vergüenza que borrase lo que había escrito. A esto este famoso decía: “pero vamos a ver, en el momento en que escribí esa afirmación sobre la profesión de esa progenitora era lo que pensaba, pero luego lo pensé mejor, vi que era una burrada y que no lo pensaba y por ello lo borré; simplemente cambié de opinión”.

Pues sí, ¿se puede cambiar de opinión?, evidentemente; ¿se puede en estos tiempos?, pues parece ser que no. Eso me recordó maravillosas cadenas de fotos que pululan por las redes sociales, donde desde Günter Grass a Joseph Ratzinger pasando por la Reina Federica de Grecia eran retratados como nazis…bueno, nazis en su juventud/niñez…concluimos por lo tanto que fueron o son nazis a lo largo de toda su vida ya que todos sabemos que la opinión no cambia (lo de analizar y constatar la situación social y política alemana en tiempos del régimen nazi ya lo dejamos para otro día, no vaya a ser que entremos en una situación donde la cosmopolita y reconstruida Berlín actual tenga que ser demolida ya que…¡coño! había estado llena de nazis… ¡que lo he visto en una foto en una red social!).

Y así estamos, estamos en la dictadura de la foto, en el miedo del pantallazo, en el pánico a la opinión antigua hecha pública ya que (como todos sabemos) lo que pensábamos cuando eramos un cuasiimberbe universitario, es lo mismo que pensamos cuando somos un barbudo trientañero, o cuando somos un arrugado e hiperalopécico jubilado con pensión pseudodigna (aclaro, lo pongo en masculino ya que soy un tío, que no se me enfade ningún justiciero de twitter), está claro.

Y nuevamente alguien dirá, ¡eres incoherente!; y sí y no. Todos tenemos una línea de pensamiento, una manera de razonar, y esta evoluciona, y dicha evolución puede ser radical o leve, pero siempre existe e implica cambio en la manera de pensar; así que podéis entender que el jubilado al no pensar lo mismo que el universitario es incoherente…o que es coherente al ser una evolución, yo creo y afirmo lo segundo…la sociedad tuitera actual parece tender a lo primero. Paraos a pensar una cosa, el 95% de la población (vamos a conceder el 5% de error estadístico, lo siento soy de ciencias aunque haya gente que me diga que soy de letras) dice ser buena persona, pero (y siempre hay un PERO) ¿acaso no hacemos daño a gente que queremos (o apreciamos o decimos valorar) cuando actuamos egoístamente? Sí, es evidente; y ¿dejamos de vernos como buenas personas? No. ¿Es ser incoherente eso? Desde luego. ¿Nos vemos como incoherentes a nosotros mismos? No….bueno, no hasta que no nos lo digan y no tengamos las gónadas de mirarnos al ombligo. Pues este estólido (toma palabro que ha depuesto el ártabro) razonamiento nos vale para la sociedad tuitera actual…la gente no es coherente toda su vida o; desde mi punto de vista, que para mi es el bueno AHORA MISMO, simplemente evoluciona pudiendo llegar a situaciones opuestas.

Simplemente hay que tratar de evolucionar bien, al menos a tus ojos y a los ojos de los que te quieren y quieres, que ya es bastante y muy meritorio.



¡Salud!



(y del Dépor ya hablaremos otro día)


lunes, 5 de febrero de 2018

Usar y tirar

Pues si amigos, conocidos y gentes varias del lugar que en ocasiones se confunden con las dos clasificaciones anteriores, vivimos en esa época; la época del usar y tirar. Está claro que el planteamiento parece muy directo, pero igualmente está claro que es lo que hemos abrazado, lo que estamos abrazando y lo que, todo parece indicar, abrazaremos en el futuro. Usa y tira.

Vivimos en el reino de la llamada obsolescencia programada; una combinación de "palabros" que hace 15 años nos sonaría a comentario digno de un capítulo repuesto de Star Trek y que ahora un niño de 8 años víctima de las reformas educativas patrias podría explicar mejor que la mayoría de la sociedad (y sobre todo mejor que este humilde y chapucero bloguero ártabro). Sabemos que las cosas van a durar poco, y nos hemos acostumbrado a ello.

A todos nos gusta volver a casas donde hemos vivido, donde hemos estado en la infancia, y a la mayoría de los residentes en Artabria la evolución de nuestra sociedad nos ha regalado algo que no valoramos lo suficiente: "una casa en la aldea". Esas casas en la aldea donde podemos ver recuerdos de nuestros familiares, algunos de los cuales no hemos llegado a conocer, pero que dejaron su legado en forma de historias y en forma de cosas. En esas casas podemos ver camas antiguas, que siguen en perfecto estado, donde volvemos a descansar como hicieron nuestros bisabuelos, vemos relojes antiguos (sean de pie, de sobremesa, o de bolsillo) donde seguimos viendo la hora como ellos lo vieron antes, disfrutamos de comidas en vajillas en las que ellos disfrutaron posiblemente de los mismos platos e incluso paseamos, nos sentamos y pensamos por caminos, bancos de piedra y paisajes que (independientemente del crecimiento forestal) se parecen extraordinariamente a lo que nuestros antepasados vivieron mientras hacían lo mismo que nosotros hacemos ahora.

Y nos gusta, y nos encanta, y disfrutamos, y colgamos (como sabéis, yo el primero) con frases pseudoprofundas imágenes de estas visitas en nuestras redes sociales. Pero...pero ya no somos así, porque mientras pensamos eso escuchamos en nuestra cabeza "¿cuando cambiaré de móvil? este que tiene 2 años ya me va lento, tengo que tirarlo", o al arrancar hacia la localidad presuntamente moderna en la que vivimos pensaremos "tengo un coche de 13 años ¿cuando lo cambio? es que ya es una antigualla", o al llegar a nuestra casa y veamos un mueble de diseño sueco de hace 7 años diremos "tengo que ir al centro comercial, ya está pasada esta estantería", y ya no hablemos de cuando abramos nuestro armario y pensemos "me voy a comprar ropa, la que tengo es como mínimo de hace un año". Y en esa demostración de incoherencia seguiremos todo el día, todo el día y toda la semana, pero haciendo auténticos comentarios dignos de Paulo Coelho (léase Coello por Dios, si vuelvo a escuchar a algún presunto cultureta decir Coel-o es posible que sea procesado por cometer un delito de odio) cuando volvemos a la aldea, cuando decimos que lo viejo es lo auténtico y cuando tardamos cinco minutos en demostrar que no predicamos con el ejemplo.

Pero es así, así estamos viviendo en sociedad y así hemos de asumirlo. El usar y tirar es lo que manda, es en lo que nos movemos, es lo que en clase nos decían que era uno de los motores del "círculo virtuoso de la economía" y así nos hemos de resignar. Usa y tira, compra de nuevo y tira; y así te encontrarás con una acumulación de objetos obsolescentes dejando tu casa en un inicio de tendencia diogénica.  Y a esto nos hemos rendido, y así vivimos, y así somos.

Pero dentro de la victoria del usar y tirar solo voy a recomendar una cosa. No solo con los objetos de consumo somos usuarios, en ocasiones somos usuarios de otras personas y esas otras personas son utilizados por nosotros; y no. No. No debemos usar a las personas como un mero medio para cubrir una necesidad para luego dejarlos tirados cual envoltorio de un caramelo; si eres usurario seguramente provoques una profunda decepción en el utilizado y quizá obtengas tu objetivo a corto, pero serás una desgracia humana a medio o largo plazo. Así que, amigos artabreadores, si vais a usar a otro artabreador hablad con él en todo momento y explicar la situación, evitad daños evitables.

Y con ese párrafo incoherente, tan clásico de este chapucero bloguero, en el que pido que no se use y tire tras haberme rendido previamente a la dictadura del usar y tirar, me despido, pero ahí ya como siempre y hasta la próxima chapuza ártabra.




¡Salud!

domingo, 28 de enero de 2018

La era de los ofendidos

Desde cierto puesto de trabajo por el que pasé, se me ha pegado un comentario a soltar siempre en un momento temporal lejano al carnaval, esa frase es “ya está ahí el carnaval y no sé que ponerme”, y la mejor época para decir dicha frase es entre el miércoles de ceniza y Semana Santa. Precisamente esta frase es muy aplicable (ahora de verdad) ahora mismo, el carnaval ya está ahí y yo (casi) no sé que ponerme.

Mi relación personal con el carnaval ha sido siempre un Guadiana; cuando era pequeño me encantaba, conforme crecía dejaba de gustarme…para volver a gustarme fugazmente en algunos años de la adolescencia y volver a no gustarme hasta estar bien crecidito, donde avatares de mi vida hicieron que volviese a abrazar el vicio carnavalero…actualmente mi relación con el carnaval está en un lugar profundamente metafísico: el limbo. Pero de todos modos, mi relación personal importa básicamente lo mismo que una memez estándar de cualquier ser vivo estándar, lo que realmente me “preocupa” es el futuro del carnaval, de la fiesta del Rey Carnal, de la fiesta de lo provocador, del momento de abrazar el paganismo (en el significado más amplio de la palabra).

Y ¿por qué temo por él?, os preguntareis vosotros queridos artabreadores, pues me remito a la Era en la que vivimos, que podría ser bautizada como “La era de los ofendidos”. El año pasado, uno de los carteles que publicitaban el carnaval coruñés sacaba una caricatura (dibujada con poco detalle) de un cura (u obispo o incluso sí podría interpretarse como el propio Papa de Roma), pues bien, una bienpensante asociación lucense de viudas se sintió ofendida y denunció dicho cartel; cada uno podrá tener su opinión pero, a mi modo de ver, no abrieron una espita sino que se sumaron a la tendencia actual: todo ofende. Ese “todo ofende” lo vi por primera vez en un “meme” (esa gran aportación de Internet a la poco decadente cultura global) en la que se comparaba a unos  jóvenes de los años 40 diciendo que se marchaban a pelear a la guerra con un joven actual que solo aparecía con el ceño fruncido con la frase I AM OFFENDED; temo que es un buen resumen.

Pues en esta época de las ofensas hará unos 15 días leí una situación que, desde mi decadente y memo punto de vista, fue una oda al absurdo; la situación era la siguiente: “La serie Friends es considerada ofensiva”, usando como uno de los argumentos las bromas hacia Ross sobre homosexuales en referencia a su ex mujer lesbiana… mi reacción fue frotarme los ojos ya que, en mi época universitaria, consideré genial, muy avanzado, muy valiente y muy integrador el capítulo de Friends en el que, por primera vez, se veía en una serie de éxito mundial una boda de dos lesbianas e igualmente como se normalizaba esa situación….pero no, ahora es una serie ofensiva.

Y ese ejemplo es lo que me hace, entre otras cosas, temer por el futuro del carnaval; el año pasado fue la asociación de viudas lucenses ofensivas por una representación, presuntamente, del Papa; el año actual podría darse el caso de que la Republica Argentina solicite que la gente no se disfrace de Maradona (disfraz fácil a la par que bonito) por utilizar tópicos futbolísticos, localistas y sobre la adicción a sustancias ilegales; el año que viene es posible que la federación de payasos pase a denunciar el poco reconocimiento a su arte por rebajarlos a típico disfraz de carnaval, y si seguimos así mataremos el carnaval y solo podremos…no, no podremos hacer nada en carnaval ya que TODO podría ofender a alguna persona y por ello nos lo autoprohibiremos en esta sociedad tan presuntamente libre en la que vivimos.

Pero bueno, por suerte, al menos para los gallegos, siempre nos quedarán los cocidos, laconadas, orejas, filloas y demás. Ya que no creo que ofendan a nadie (espero).



¡Salud! (y los que queráis ¡disfrazaros!, yo aún no sé si vuelvo a mi etapa carnavalera o no)

lunes, 1 de enero de 2018

¡Vamos allá!

Pues sí queridos lectores, hoy es día uno de enero y lo típico y tópico nos pide que se haga la típica entrada de felicitar el año que hoy empieza (más si no he hecho ninguna navideña este año), nos pide que tiremos de los buenos deseos, de los buenos recuerdos, de los buenos propósitos, de lo bueno, es decir, de lo tópico.

Pero los que me conocen algo ya saben que soy un bicho raro, así que no vamos a ir por ahí. No soy una persona que aplique sus consejos, pero creo que sí los puedo dar a la gente para así poder abrazar la incoherencia más absoluta. No os voy a dar los buenos deseos que antes decía, no, os voy a decir una sola cosa para encarar lo que empieza hoy: pelead.

Pelead sí, pelad cada día por que sea el mejor de vuestros días, metas a corto plazo (pasitos de bebé, que me dijeron en una ocasión más feliz). Pelead vuestro día a día para vencer, pero tened siempre en cuenta algo; habrá días en que seáis Blas de Lezo en Cartagena, o Montgomery en África, pero en otras ocasiones acabaréis el día como Alí Pachá en Lepanto o haréis el ridículo cual si fueseis la versión humana de la Linea Maginot; tenedlo en cuenta.

Luchad cada día, pero no os olvidéis de llevar vuestro escudo para las decepciones, que son peores que los disgustos y que no las detonan las discusiones, las detonan detalles aparentemente inocentes como una marca en una puerta, un recuerdo de un museo, un rayazo en el coche, una foto dentro de un grupo de recuerdos, una taza colocada de una determinada manera, un jarrón de un determinado modelo de Ikea…ya se sabe, detalles que te abren los ojos a las situaciones evidentes y decepcionantes que no éramos capaces de ver. Contra eso llevad siempre vuestro escudo y no dejéis de pelear cada día para que en cada uno de ellos se salga lo más victorioso posible.

Peleadlo, tratad de ser mejores para vosotros mismos, no relativicéis, centraros en vuestro propio yo, sonará egoísta pero creo que es lo que uno debe ser; si uno es bueno consigo mismo eso hará que sea mejor para la gente que realmente lo aprecia, los de verdad. Ese es el consejo que da este chapucero ártabro, que a duras penas se lo va a aplicar a si mismo pero que cree que vosotros debéis aplicarlo: pelead cada día, tratad de vencer para que cuando hagáis el (ahora sí) tópico balance de fin de año podáis decir: yo he tenido más victorias que derrotas.


Y para acabar van un par de cosillas; por un lado una canción que no me pega nada, que hasta es antigua, pero que tras oírla ayer en pleno festejo navideño creo que encaja a la perfección en mi ánimo de hoy a la lucha diaria, y por otro lado para demostrar la incoherencia de los anteriores cinco párrafos: ¡Feliz año! (ya sabéis, no busquéis en mi coherencia total, eso es imposible).




¡Salud!