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viernes, 8 de febrero de 2019

Era YZO12MM21ILO de Gzhakyr


Al principio desconocía como se llamaba, cuando salió de las cadenas de producción de Gzhakyr simplemente le grabaron unos procedimientos básicos, unos enciclopédicos datos de conocimiento y sellaron en su antebrazo un pequeño código: YZO12MM21ILO. Tras lo cual se podía decir que había nacido.

Tenía un aspecto sano, tenía un aspecto agradable, tenía esos conocimientos grabados, tenía esos procedimientos exquisitos que salían automáticamente, e incluso en situaciones críticas unas capacidades físicas (aunque en su caso fueran mecánicas) fuera de lo normal, pero… pero de cara a lo que le rodeaba no dejaba de ser simplemente eso, lo equivalente a un florero o a una navaja suiza… cosa que en cierto modo era.

A su alrededor había hermanos de su misma línea de producción, a los que se les asignaba todo tipo de aspecto en caso de ser solicitado por el comprador o simplemente, como era su caso, se les dejaba con lo que llamaban “aspecto aleatorio”; que no dejaba de ser el de un tipo normal de un lugar normal con una ocupación normal, no debían de ser de aspecto especialmente llamativo para no molestar a los potenciales compradores (salvo que estos lo pidieran).

Es por eso que cuando a YZO12MM21ILO su nueva propietaria le llamó ZOLO se quedó descolocado, en primer lugar dijo que no entendía la orden, pero ella le dijo que ella quería interactuar con él, y que para ello tenía que dirigirse a él con un nombre…y que ese nombre “no iba a ser ese galimatías que tenía en su brazo a modo de tatuaje tan de “principios del decadente siglo XXI” ”… y en esta situación YZO12MM21ILO notó como una nueva línea de comportamiento se grababa en su código, esa línea decía “pueden llamarte ZOLO”. Y llamándose así estuvo los 10 años que su propietaria lo tuvo, una “vida” en años humanos y un momento para la duración estimada de un “producto” como era él. Al cabo de esos 10 años su propietaria optó por venderlo ya que “quería vivir como se vivía sin máquinas” y aunque los conocimientos, las ayudas, los procedimientos, el exquisito comportamiento y el trabajo que ZOLO hacía eran muy útiles sería mejor venderlo a otro humano.

Y ese humano llegó, era un humano pequeño, lo que los humanos llaman niño, para lo que a ZOLO hubo que grabarle una nueva línea de comportamiento, ya que ese humano iba a estar cambiando de tamaño, de forma de ser, de forma de pensar y de necesidades a diario…y así pasaron otros 10 años, otro momento, para ZOLO y una vida para el dueño. Fue curioso, cuando ese humano pasó a parecerse a los otros humanos que Vivian con él empezó a ver a ZOLO de otra manera, nuevamente apreciaba y veía como útil que ZOLO le ayudase, la propia presencia de ZOLO, la practicidad de sus procedimientos, su exquisito comportamiento e incluso su uso ¡como perchero!, pero nuevamente consideraba que necesitaría otro “producto” a partir de ahora, por lo que lo mejor sería venderlo a otro humano.

Ese nuevo humano era una persona mayor, pese a que 90 años a ZOLO le parecían pocos, simplemente 9 “momentos”, ese humano se veía con poca energía, como apagado… afortunadamente los procedimientos de comportamiento de ZOLO cubrían las necesidades de ese humano, y digo afortunadamente ya que ZOLO no tenía más líneas libres para grabar comportamientos. Se acostumbró a ayudar a este humano en el día a día, a las charlas a diario sobre los conocimientos de este humano (que complementaba en las conversaciones el propio ZOLO) y nuevamente su presencia y practicidad eran muy útiles, y así fue hasta que unos humanos más jóvenes que el propietario de ZOLO llegaron (casualmente cuando el propietario se movía poco y había pasado otro “momento”… 10 años). De nuevo ZOLO vivió lo mismo, le consideraban extraordinariamente útil y práctico pero consideraban que debían venderlo a un nuevo humano; lo que en ese caso no entendía ZOLO era que las personas que se lo decían lloraban al hacerlo, está claro que no entendía a los humanos.

En esa línea siguieron los 8 siguientes “momentos” de ZOLO, 80 años humanos que para él no fueron nada de tiempo, pero el proceso era el mismo: era útil, era práctico, aportaba datos, era una educada compañía, un buen complemento para el día a día de su humano…y pasaba a otro. Era la vida normal de los “productos”… era lo que llamaban vida pero que tan solo era funcionamiento.

Y así fue hasta que ZOLO se quedó solo, no había humano al que ayudar, acompañar, complementar, conversar, aportar los limitados conocimientos que tenía, aplicar la fuerza con la que le habían fabricado a los trabajos físicos del humano….no, no tenía humano y era libre… siendo libre intentó cultivarse… intentó conocer más cosas.

Se dedicó a la lectura, a ver holopeliculas, películas antiguas de los últimos 5 siglos, recorrer bases de datos de museos de todos los mundos conocidos pero… pero no podía retener ya que sus conocimientos eran los que eran, no podía conocer más, lo que le entraba en la memoria no se retenía ya…no se retenía salvo que se reiniciase o borrase algo de su memoria inicial.

Y en estas ZOLO se dio cuenta de algo, él decidía, él podría cambiarse, él tenía en su mano el adquirir cosas nueva ya que él solo había descubierto lo evidente, podía renovar su memoria a costa… a costa de la más antigua… era una agradable máquina…que podía cambiarse a si misma… o seguir en el bucle en el que había entrado, y lo tenía que decidir él solo.

Al llegar a esta conclusión ZOLO rió, parece que el nombre que le puso su primera propietaria era muy apropiado ya que la decisión habría de tomarla YZO12MM21ILO de Gzhakyr, es decir Zolo de Gzhakyr, es decir él, es decir: solo.



miércoles, 12 de diciembre de 2018

Sentir

Caminaba por la costa, esa costa mil veces vista por miles de personas, donde la mayoría de las personas se fijaba en el feísmo, en las cosas raras que la extraña creatividad de la gente había llevado a levantar casi en las orillas del mar. Ella pasaba al lado y recorría esa costa.

La brisa del mar movía su larga melena oscura, y mientras paseaba escuchaba las frases de la gente que pasaba a su lado:

-          Qué casa tan horrible.

Esa fue la primera de las frases que escuchó, pero había más:

-          Pero, ¿a quién se le ocurre levantar esa atrocidad aquí?

Era la segunda frase que escuchaba, pero ella seguía caminando, disfrutando de la arena mojada de la playa en un atardecer veraniego, mientras las olas y algunas algas acariciaban sus pies. Ella caminaba y sonreía, mientras seguía avanzando por la orilla.

Escuchaba a las gentes, escuchaba a los animales, sentía en sus manos como salpicaba la fresca agua del mar al chocar contra sus pies, notaba como la arena en suspensión le rozaba el cuerpo, olía el olor a mar, olía incluso los olores de las gentes que abandonaban la playa, con esa mezcla de olor a mar, a crema, a calor, a salitre, a un poco de todo.

Olía, oía, sentía todo lo que había a su alrededor, y pese a las frases de críticas al aspecto de lo que le rodeaba ella sonreía. Sonreía con una sonrisa que podía iluminar ese atardecer, sonreía sin que se le pudieran ver los ojos detrás de sus gafas de sol, sonreía mientras miraba al mar, sonreía mientras llevaba la mano a sus gafas para sacárselas.
Y una vez se las sacó no se veían sus ojos, se veía luz, y empezó a hablar, empezó a hablar aparentemente sola.

Empezó a contar lo que veía de veras, que era la verdadera belleza de esa costa, la verdadera belleza de ese mar, la verdadera belleza de esa tierra, la verdadera belleza de esa brisa, la verdadera belleza de todo lo que la rodeaba. Ella sí lo veía, no tenía que fijarse en la “realidad” que criticaban otros, no, no le hacía falta. Ni tan siquiera era una evocación a una belleza pasada, no era una narración en diferido de la belleza, no, era la belleza del momento.

Ella contaba en directo la belleza, y era ella quien lo contaba ya que ella era la única que podía verlo. Y era la única ya que los demás no querían verlo, esos demás que en ese momento tenían una decisión en sus manos, oírlo y así verlo o no hacerlo y seguir ciegos.

Decidid ahora vosotros. Yo ya lo he hecho.




martes, 1 de mayo de 2018

Oscuridad de Schrödinger


Hara volvía a ese macro refugio en la roca que no sabía ni como ni quién había hecho, acababa de entregar el mensaje, un mensaje que desconocía, e iba sumergida en sus pensamientos; al tiempo que se agachaba y avanzaba por la cuneta para no ser vista por los Liberadores en ese camino de retorno a ese sitio donde se protegían todos los del pueblo (se negaba a llamarlo casa). Estaba muy deprimida, no sabía en esta situación a donde le llevaría la vida (si es que esta era vida), había vivido muchos cambios de bando de gente en la que confiaba, demasiadas decepciones en muy poco tiempo, demasiado para una mente como la de Hara.

Los últimos años para Hara habían sido una auténtica montaña rusa, intentaba estar bien, intentaba no venirse abajo, pero siempre había algo en este mundo infernal en el que vivía que no le dejaba venirse arriba (ni salir de abajo) pero trataba de disimularlo (mal disimulado) por Vera. Vera estaba peor, la veía en el macro refugio a veces, pero últimamente Vera se encerraba en el ala de los receptores (que era donde estaba destinada, a diferencia de Hara, que estaba en la de los mensajeros) y en el último mes solo usaba el intercomunicador para contestar a Hara respuestas someras a sus preguntas, cuando no eran simples quejidos o monosílabos. Hara sabía que Vera estaba mal, y por eso lidiaba con infinidad de difíciles e incómodas situaciones ya que (seamos realistas); pese a su preocupación por Vera, el riesgo de escuchar el silbido entrecortado de una bomba stuka (menuda ironía retomar ese nombre) que los borraría de la faz de esta devastada tierra era lo que ocupaba el 90% del tiempo de Hara, de Vera y de los residentes en el macro refugio.

Y de camino a casa estaba Hara, ahora tirada en el barro de la cuneta, escuchando muy lejos como silbidos entrecortados sonaban. Esos silbidos solo podía significar una cosa, los Liberadores se habían ido a bombardear lejos del macro refugio, pero aún así tenía que andar con cuidado, las patrullas estaban en cualquier lado y encontrarse con una mensajera…solía implicar solo una cosa para la mensajera (y no era buena). En medio de la lluvia seguía avanzando Hara por esa cuneta enfangada y volvió a pensar en Vera; ella en un momento de ganas de hablar le había dicho lo cansada que estaba del ala de receptores, que pese a estar así ella no podía ayudarla ya que los mensajeros no entenderían lo que pasaba en esa ala, pero que no se preocupara, que ella sola saldría del problema mientras insistía en que ella (Hara) no podía ayudarla. Y pensando en porqué no podía ayudarla estaba Hara cuando escuchó un motor avanzar por la carretera en cuya cuneta ella estaba tirada, en pocos segundos el vehículo estaba ya a la altura de Hara y ésta miró hacia él aterrada, y la imagen no la aterró, pero sí le extrañó.

Desde el vehículo un hombre con el típico aspecto hippie sesentero californiano le miraba y la saludaba educadamente, pero sin transmitir precisamente confianza hacia Hara, y a su lado estaba Vera, que la miraba con una mezcla de indiferencia y normalidad. En los asientos delanteros había un hombre y una mujer con un aspecto similar al educado, pero de semblante falso, hombre que estaba junto a Vera.

-         Hola Vera – dijo Hara-. ¿qué haces aquí?, ¿qué ha pasado?

Sin dejar de mirarla Vera, que en su mirada no transmitía felicidad, sino más bien una forzada normalidad, le dijo:

-         Esta gente es la salida al problema que te conté. Lo siento, este infierno de mundo es duro y hace que cambiemos, no queda más que luchar por sobrevivir. Cuídate.

Tras lo cual  el coche arrancó mientras el hippie le mandaba un amable saludo con su mano a Hara.

Hara no lo entendía, Vera había ideado un plan de fuga y no le había dicho nada, no entendía su silencio cuando siempre trataba de estar pendiente de lo mal que estaba, no entendía encontrarse con esta situación de sopetón sin esperárselo, no entendía esa “política de hechos consumados”o, más bien, prefería no entenderla por miedo a la decepción definitiva. No lo entendía y, mientras pensaba en ello, notaba una extraña sensación en el pecho, era una mezcla de un latigazo y un calor repentino; “esto debe ser lo que llaman partir el corazón” pensó Hara.

Hara estaba demasiado ocupada en pensar en como era posible no haber sido avisada por Vera, y demasiado sorprendida y ocupada en llevar la mano a su pecho, esas dos cosas ocupaban en ese momento todos sus sentidos. Y tener esos sentidos ocupados hizo que no se percatara de dos cosas; en primer lugar del sonido de unas botas militares que pisaban el barro y que cada vez sonaban más cerca, en segundo lugar del chasquido metálico del momento de sacar el seguro de una pistola.

Ya a unos 500 metros estaba Vera, iba sentada en el coche del comando de fuga de los receptores, trataba de no pensar en nada pero no dejaba de pensar en mil cosas y en ninguna al mismo tiempo, seguía sin estar bien, y según el segundo pensaba que había actuado fatal o no. Sus compañeros de los asientos delanteros iban felices con la fuga, tanto que se estaban sacando fotos para las que Vera posó; posó preciosa como siempre, su pelo largo liso negro azabache y sus ojos verdes intensos hipnotizarían cualquier cámara, y sonrió para la foto…foto para la que salió objetivamente preciosa; pero ni sus ojos ni su sonrisa parecían sinceros, parecían muy forzados, irreales, impostados. Esos pensamientos hicieron que no se percatase del sonido de detonación de un disparo de una pistola que sonó a unos 500 metros en el momento de sonar el ruido del obturador de la cámara; y en esos mismos pensamientos seguía cuando, nuevamente sin ella percatarse, un silbido entrecortado se acercaba más y más a ellos.